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 Sueño de una noche de verano

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kang
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MensajeTema: Sueño de una noche de verano   Jue Jun 18, 2015 9:02 am

Una mano suplicante se alzaba de un suelo oscuro y putrefacto.
- No… tengo hijos apiádate de mí.
No hubo compasión, la espada trazó un arco para segar su vida. La sangre de la inocente le salpicó de abajo a arria. Su cara se le quedó mirando, boqueando aire y expulsando algunas palabras inconexas. El golpe no había sido mortal. La estocada no se hizo de esperar.
- Asesino, yo te maldigo.
Sus delicadas manos asieron el filo cortándose hasta el hueso, intentado liberarse de la muerte. Pero sus ojos negaban lo que sus manos intentaban apartar. La muerte estaba allí.
- Asesino, maldito…
Otras manos le asieron los tobillos. Eran las manos de las mujeres que había matado sin piedad alguna. Intentaban arrastrarlo con ellas, a ese sucio suelo.
- Ven mira lo que has hecho bastardo. Has vendido tu alma a cambio de la sangre de los inocentes.
Cayó al suelo. Apartó de una patada la cabeza a medio cortar de una de ellas. Se deshizo como pudo del abrazo mortal de las moribundas. Se refugió como pudo en una pared. Y segó como pudo los fantasmas que le atormentaban.
- Dejadme, lo hice por vosotras. Os di una muerte rápida en vez de un tormento orco.
Dos ojos rojos avanzaron sobre él desde la lejanía.
- Vete, déjame en paz. – Su voz estaba cargada de miedo. Un miedo irracional, incontrolable
Siniestra se elevó recta hacia adelante, pero temborosa. Como si pudiera hacerle frente al demonio de ojos rojos que venía a por él. La oscuridad dejó paso al acortar la distancia a un cadáver muy distinto y más putrefacto que las pobres mujeres que agonizaban en el suelo con llantos desconsolados. Andaba despacio, tan lento que Lothar empezaba a desesperar y a temblar. Tenía la sensación de que iba romperse del tembleque. Luego quiso morirse cuando vio quien era la sombra que se acercaba y la cara que tenía.
- ¿En que te has convertido hijo mío? -Su ojos ya no eran rojos, sino negros. Su cuerpo pequeño y lisiado avanzaba lentamente sin demora. – Ya no eres el hombre al que eduqué, eres un vulgar y despreciable asesino…
La figura se deshizo en trozos de carne y polvo a un paso de Siniestra. La espada cayó al suelo mientras él se tiró en pos de los restos de su padre.
- No te vayas, no me dejes solo… ¡PADRE!
Mientras se afana por hundir sus manos entre el polvo intentado reconstruir a su padre, otras manos, más delgadas, manchadas de su propia sangre lo agarraron sumiéndolo en el oscuro suelo, amenazándolo con descuartizarlo. Sintió un dolor terrible y gritó intentado echar mano a su espada desaparecida.
Se despertó chillando, lleno de sudor. A su lado, Siniestra descansaba embutida en su vaina. Una mano temblorosa fue a cogerla para detenerse al lado. Le pareció que estaba viva incluso alegre. Lothar sintió miedo y la dejó tranquila. Se giró en su lecho e intentó volver a dormir. No supo cuanto tiempo pasó pero al fin el dios de los sueños volvió a llevárselo.

EL martillo subía y bajaba sin descanso. Cada golpe parecía retumbar en el mismo corazón de la tierra. Pero el Herrero era inmune al ruido o al intenso calor de la fragua. Sus cuatro ayudantes, como él eran inmunes al calor pero no al ruido, por lo que terminaron siendo sordos. El metal incandescente soltaba fogonazos dispersando estrellas rojizas fuego a cada golpe.
PON PON PON PON. Aquello parecía no tener fin. El tiempo pareció detenerse en un sinfín de rítmicos martillazos. De repente se hizo el silencio. Un ojo experto contemplo el metal. La hoja traspasó el balde de agua despidiendo una gran cantidad de vapor. El acero salió negro para acabar delante de su cara. Repasó su grosor, así como las siete capas de metal plegado y aplastado a base de martillo. Aun faltaban siete pliegues más, un labor imposible, imposible para cualquier otro.
La hoja se sumergió en los carbones al rojo mientras el fuelle no dejaba de trabajar.
- MAS RÁPIDO ALIMAÑA –
La voz cavernosa llena de desprecio increpó a la criatura del aparato, como si hubiese parado en algún momento. El herrero miraba como la hoja volvía lentamente a ponerse al rojo. Asió la parte destinada a la empuñadura desdeñando guante alguno. Cogió de nuevo el martillo y el estruendo volvió como una tormenta furiosa y rítmica.
Se estremeció en la cama, un sudor frio recorrió su cuerpo empapándolo. Sin saber cómo su mano asió la empuñadura. El frío regreso acompañado de olas de calor como si sufriera una virulenta fiebre. Nada más sentir la madera de la empuñadura se sumió de nuevo en la oscuridad
Como un espectador miraba el pasado sin que nadie se percatara de ello.
La hoja estaba terminada. A su lado nueve hojas más descansaban sobre un pedestal de piedra casi sin ornamentos.
- ¿Cómo van las guardas de la cruz?
- He copiado los bocetos que nos trajo en un molde de barro. Lo he cocido. ¿Qué te parcen?
Abrió un cofre y le mostro a Lesh-Y su trabajo. Este repasó uno por uno los recipientes donde vertería el metal fundido. El trabajo era exquisito, sin una sola imperfección. Sabía que los contenedores aguantarían el intenso calor. Luego solo habría que pulir las imperfecciones y soldar las dos partes al abrazar a la hoja.
Las empuñaduras, según el cliente tendrían que ser de distintos materiales, en base a las preferencias de los destinatarios. Era una lástima que los dueños no estuviesen presentes en el acabado final para vincular totalmente las armas a los dueños. Los hechizos que iba a verter en ellas al mismo tiempo que sus nombres cobraban mucha más fuerza con el dueño presente. Si el dueño retiraba el arma y la asía al mismo tiempo que él daba los últimos martillazos al arma mientras les imbuía vida, el poder que tendría la espada sería muy superior. Pero el cliente mandaba, él solo creaba arte. Aun así se lamentó por el desperdicio.
Se retorció de nuevo en la cama, apenas soportaba mirar al herrero. Pero tampoco podía apartar la vista, era como si estuviese atrapado en una pira.
Tras el herrero había un amasijo de hierro descartado, era el sobrante del material utilizado por Lesh-Y. Para crear esas nueve espadas había utilizado dos toneladas de hierro, extraído la esencia del metal, el resto era un despojo, basura que hubiese hecho las delicias de cualquier herrero, pero para Lesh-Y , ya no servía para nada. El sólo trabajaba con el alma del metal, su más pura esencia. Casi tres toneladas de hierro para obtener nueve kilos de acero que mezclaría con el extraño material que el cliente le había suministrado.
Taurclax entró en la fragua. Se aturdía un poco siempre que entraba allí, el calor era excesivo para el elfo sindar. Tras envolverse en su capa y darse unos segundos recuperó la compostura. El regio porte, majestoso más bien, de Lesh-Y no le impresionaba, bien porque ya estaba acostumbrado, bien porque su propia elegancia no dejaba transpirar ese tipo de emociones.
- Aquí tienes las empuñaduras de madera del Árbol de Hierro que me pediste. Me ha dolido un poco hacerle sufrir, espero que el pago sea acorde con el daño del Árbol.
Lehs-Y miró desde arriba al elfo. Esas tonterías del sufrimiento de un Árbol le resbalaban como el fuego del infierno. Su cara lo decía todo
– Ese árbol tendría que dar las gracias por servir para envolver a cuatro de mis obras –
Taurclax no se tomó a mal la reacción del Herrero.
Lesh-Y repasó cada detalle, como todo cuanto el pedía a sus camaradas. Sabía que el Sindar no le defraudaría, pero no por eso dejo de escrutar cada detalle al milímetro.
- Un gran trabajo.
Depositó al lado de las hojas las empuñaduras y ofreció como “gracias” su imponente espalda al sindar. Este sabía que la conversación había terminado. Y sin darle mayor importancia se marchó de la fragua con un escueto adiós. El sindar había sido el último en entregar las empuñaduras y justo a tiempo el cliente estaba a punto de llegar.

Reunidos en la fragua Lesh-Y, Rilia y el cliente repasaron el trabajo antes de introducir cada hoja en los carbones al rojo. El cliente dio su visto bueno antes de comenzar el último trabajo con las espadas. La mano de herrero retiró la hoja al rojo vivo y la depositó en el yunque. El martillo de Mitril empezó a cantar mientras Ardana recitaba una salmodia de poder apuntando con su bastón la hoja. El cliente no parecía impresionado por el aura de magnificencia que despedía la elfa. Desde su punto de vista era incapaz de distinguir nada del cliente salvo una mera sombra envuelta en una capa negra. Toda la importancia de la escena la robaba la belleza fría de la poderosa elfa, incluso el imponente herrero quedaba reducido a un mero detalle cuando Rilia desplegó su poder.
Al fin la espada cobró vida. El herrero se permitió una escueta sonrisa de satisfacción cuando el arma despertó en sus manos…
Despertó de golpe. Le ardía el pecho, casi no podía respirar. Trató de coger aire en vano tres veces. A la cuarta el aire cálido del verano entró por fin. Tenía la frente perlada de sudor, una gota resbaló por su afilada nariz hasta caer en su pecho cuando se medio incorporó. Buscó a tientas hasta encontrarla. La desenterró de la vaina un palmo hasta ver la hoja roja negruzca…

El feretro despidió un olor mohoso cuando quitaron la tapa. Dentro un cadáver momificado. Lucía una corona de lo que podría ser plata, pero la herrumbre había destruido casi por completo el objeto. Portaba una coraza demasiado grande para que se le ajustase. Lástima, esa sí que se conservaba en buen estado a pesar del polvo. Al menos sacaría un buen precio en el mercado negro por ella. Luego sus ojos repararon en la espada que pendía de su cadera. No tardó ni un instante en arrebatársela al cadáver. Limpió el polvo y la asió por la empuñadura. Era increíble que la madera de esta no se hubiese disuelto con el tiempo. La vaina de cuero prácticamente se deshizo al sacar la hoja. Miró con satisfacción la espada. Su color era una mezcla rojiza negruzca, tenía alguna mella en su filo. Pero estaba claro que era un acero de calidad. Esa no se partiría así como así.
- ¿Me dejas verla?
Ella se volvió con la espada en la mano. La guarda era la cara de un demonio y la cruz la componían dos cuernos de la cabeza de este. Era un trabajo soberbio.
- Creo que esa espada es demasiado pesada para ti.
Ella vio la codicia en los ojos de él.
- No creas, es más liviana de lo que parece.
Dio un par de giros de muñeca y la espada surcó el aire casi feliz.
- Dámela. Creo que a mí me viene mejor.
- Quédate con la armadura, creo que es de tu talla.
- Eso también, pero quiero esa espada Erika.
- No creas que porque nos acostemos puedes decirme lo que tengo que hacer.
- Dame esa espada si no quieres que te la quite por la fuerza.
La mano de la mujer no se cortó un pelo en meterle dos palmos de acero entre pecho y espalda. Esa espada era suya. Y nadie se la iba a quitar…


Los estandartes de la torre oscura se desplegaban al viento frente a ellos. Mascull al frente confiaba en una aplastante derrota sobre el ejército rebelde de Ankalgor


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kang
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MensajeTema: Re: Sueño de una noche de verano   Lun Jul 20, 2015 10:22 am

Los estandartes de la torre oscura se desplegaban al viento frente a ellos. Mascull al frente confiaba en una aplastante derrota sobre el ejército rebelde de Ankalgorn

Cabalgaba como uno de los comandantes de la falange tenebrosa. Bajo su mando un escuadrón entero de arqueros a caballo. Ragnarok era el comandante de toda la caballería, mientras que el Calvo comandaba toda la falange desde el cuerpo principal de infantería pesada. Por encima de este el Señor de las Huestes.
Había recibido órdenes de comenzar la ofensiva con sus hombres. La idea aunque simple era muy innovadora. Atacar y retirarse dando la impresión de que se daban a la fuga. Eso crearía desconcierto en las filas aruks y lo más seguro que provocase su persecución. Que sería recibida con otra oleada de fechas y retirada de nuevo. Pero esta vez se toparían con las largas picas de la infantería pesada de la Falange, mientras los jinetes se replegaban a la retaguardia.

La batalla comenzó. El estruendo acallaba los lamentos y gritos de angustia, mientras la muerte trabajaba sin descanso. Tres días con sus noches duró la batalla por la tierra media.
Al despuntar el cuarto día solo quedaba en pie una legión completa aruk, media legión enana. El cuerpo principal de infantería de la falange y unos cuantos jinetes.
Su caballo estaba muerto. Le había acompañado durante casi veinte años. Era un ejemplar magnifico, uno de esos antiguos caballos rohirrin. Era el único ser vivo al que había querido de verdad. Estaba sentada al lado de su cabeza llorando cuando una sombra se cernió sobre ella. Llevaba tres días luchando sin descanso. Se levantó y con ella la espada negra rojiza. El aruk llevaba una espada…
Lothar la reconoció enseguida. Era la espada de Angost. La escena que vio a continuación le puso los pelos como escarpias, Erika, la antigua dueña de su espada iba a batirse contra el dueño espada de Angost…
Estaba prácticamente sola. Su unidad acababa de chocar contra el flanco de la legión. Mientras el centro de la falange arremetía contra el centro Aruk. El comandante de la Falange arremetía desde la primera fila. Era el momento del todo por el todo.
Erika luchaba a vida o muerte. El aruk arremetía con fuerza. Estaba llevando a la mujer a su terreno, los golpes se suceden hasta abrir la guardia. Ella lanzó un sablazo para apartarse. Ganó un tiempo precioso la falange se acercaba. El escudo repelió un hachazo, pero el brazo se resintió, no sabía si aguantaría otro golpe.
No tardó en llegar. El brazo colgaba inerte del cuerpo. Apretó los dientes, el dolor ahora era secundario. Levanto la espada pero el mazazo al acero la tiró de espaldas. Sintió un pie encima del pecho. La hoja aruk no tardaría en abrirle el cráneo en dos.
Abrió la bocha y chilló. La caveza del Aruk explotaba salpicándola de arriba de debajo de trozos de carne, metal y sesos sanguinolentos. Una patada al cadáver lo tumbó de espaldas. La Falange había pivotado para envolver esa parte del flanco. La suerte estuvo de cara para Erika. Kang había aplastado al desgraciado como si fuera una mosca.
Le tendió una mano.
- Levanta. – Le tendió una mano
<¿ Qué demonios pinta Kang en este sueño? >
El comandante de la Falange reconoció a su oficial de caballería. Se aseguró de que recibiera ayuda. Mientras el caos de la batalla continuaba. La mitad de la infantería pesada de la falange pivotaba para chocar con el debilitado flanco aruk. El nuevo choque fue desvaneciéndose en una neblina gris que se mutaba poco a poco en un tono oscuro, al final todo se hizo negro.
A este lado
- Ponlo aquí, os he guardado una habitación con cama para dos. Aquí le dará la luz. Le vendrá bien.
Le quitó el vendaje. Era una herida fea. Arregló el hueso. Estaba cortado quirúrgicamente. Solo había que colocarlo bien y soldarlo. Empezó a coser. Puntada a puntada. Primero la carne, remendando las venas y arterias que se encontraba. Luego la piel. Había hecho un buen trabajo. Miró al chico. Parecía que sonreía…
- ¿Sobrevivirá? –
- Creo que sí. Es fuerte y joven. Esperemos que no se infecte la herida.
- ¿Y se quedará bien?
- Si es una buena herida para recuperarse. Esperemos que esto le sirva de lección y deje de luchar como si fuera inmortal.
AL otro lado
Estaba en un castillo. En el salón principal, para ser exacto. Era largo, de esos que parecen no tener fin. El sueño parecía estirar las cosas. De pronto un rayo de sol se coló por una de las vidrieras. La sensación cálida le gustó. Se hubiera quedado así para siempre. Pero como pasa en los sueños, miró al fondo del pasillo. Había un trono recubierto de pieles. Dio un paso y sintió el dolor. Algo se le clavaba dentro del pecho. Dio otro y el dolor regresó, lacerante. Chilló pero nadie le oia. Dio otro paso más. El dolor no cejo. Le martilleaba. Pero con el tiempo llegó a convertirse en un rumor sordo, una angustia crónica y soportable. Continuó por el pasillo. A su izquierda colgaba algo familiar. La espada de Angost. Descansaba de la pared, colgada a modo de trofeo. Recorrió otro metro y otra espada, regia, sobria. Así hasta siete espadas más. Se paró en seco, el trono estaba a una distancia igual al hueco de un arma más. Pero ese hueco estaba vacío. La atención ya no estaba en las espadas. Allí se sentaba una reina. Aferraba su espada. Sus manos huesudas envolvían el puño. Su ojos hundidos miraban la guarda. Donde había visto esa cara… no podía ser era…
La miró con casi asco. Era una vieja decrepita, arrugada, moribunda. Olía a anciana, ese tufo imposible de esconder. La piel era tan fina que amenazaba con romperse. Estaba sola… No le veía el sentido a todo aquello. Miró a su alrededor. Las espadas…
Dejó de sentir ese rumor. Cerró los ojos. De Nuevo volvía a sentir esa sensación de bien estar. Estaba atrapado en un haz de luz. No quería moverse…
- Ven aun no ha terminado esto.
- ¿Tío?
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MensajeTema: Re: Sueño de una noche de verano   Sáb Sep 05, 2015 7:44 am

Siguió a la sombra  de su tío. Abrió una puerta. Y entraron. Como en cualquier sueño no le pareció raro que entraran en la sastrería. Subieron por las escaleras y llegaron al fin a casa. Estaba limpia y olía bien. se sentaron a la mesa. Y empezaron a jugar a las cartas.
La dama de corazones estaba en su mano, no podía perder. Su tío lucía un bonita sonrisa muerta en su boca.
- Vas a perder
- No creo tío.
- Nunca me ganas.
Acarició las cartas. como si tal cosa aparecieron unos cuantos jugadores por arte de magia. todos le miraron
- Portas tu muerte- Decían todos….

su tio estiró la mano buena y recogió el montón de fichas de encima de la mesa.
- Lo ves - El manco enseñó su jugada.- Has vuelto a perder. levanta ven conmigo.
A su espalda los jugadores repetían lejanamente: portas la muerte...

Siguió a su tío. El pasillo era largo, sombrío a la par de estrecho. Los pasos se hacían interminables.
- ¿A dónde me llevas tío?
- A contarte un secreto. Algo que sabes pero que nunca te has percatado.
Como en cualquier sueño, los pasos terminaron. Estaba en un palacio, concretamente en la sala del trono. Las paredes eran altísimas, decoradas con el antiguo estilo dunadan y retocadas al estilo haradan. Las columnas de mampostería haradaicas se retorcían hacia el techo como si quisieran retorcerse el mal gusto de encima. No casaban con el anterior diseño de los hombres altos.
La escalera que daba al trono había sido remodelada con dos enormes serpientes a modo de pasamanos. Las dos cobras  terminaban mirando hacia abajo, como si de dos enormes guardianes del trono se tratara.
Allí arriba un pequeño hombre vestido de negro y con una daga en mano desengarzaba un enorme rubí del trono de Minas Tirih. Al darse la vuelta Lothar reconoció esa mirada al instante. La cara era  joven, mucho más que la que Lothar conocía. Pero era él sin duda.
Una vez el rubí se desprendió del trono la pequeña figura trepo por una cuerda hasta una pequeña claraboya en lo alto del muro tras el trono. Era muy pequeña, demasiado para que un hombre normal cupiese por ella. Pero el Manco se contorsionó hasta pasar por ella. Recuperó la cuerda, la pasó en doble por una diminuta argolla invisible desde abajo y desapareció de la escena del crimen para siempre.
- Eres tú. ¿cómo has podido esconderme todos estos años un secreto así?
- Hijo mío ¿acaso no estaba claro? Nos pasamos veinte años buscando esa joya por toda la ciudad. Me alegro de que al final la encontraras.
- Pero la perdí.
- Como yo. Se ve que la dama tiene culo de mal asiento.
- Quería enterrarla contigo…
- Lo sé.  Ahora que ya lo sabes todo. Quiero pedirte algo.
Lothar sintió un escalofrío. Su padre nunca le había pedido nada.
- Deshazte de esa espada.
- Es más valiosa que la propia Dama. No puedo deshacerme de ella.
- Esa espada es un camino a la perdición, aun estas a tiempo de salvar tu alma.  Su dueño original pago muy caro poseerla en vida. Su alma no descansó hasta ser destruida. Todos aquellos que la han esgrimido han acabado pagando un precio demasiado alto. Eres buena persona hijo mio, no vendas tu alma por un hierro maldito…
- Padre no sé si puedo. – Lothar aferró el puño inconscientemente. – Tiene algo que me seduce.
- Cuanto mas tiempo y más sangre, mas difícil será desprenderte de ella. Hazme caso, deshacezte  de ella, hazlo por mi…
Otra cosa. No pierdas la esperanza de hacer justicia, encomienda tu vida a esa causa, aun tienes tiempo pero… - Sus ojos fueron poco a poco bajando hasta encontrarse con Siniestra.
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